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La familia de Gandalf llevaba mucho tiempo sin poder irse de vacaciones y sin poder salir los viernes por la noche por culpa del anciano. El octogenario Gandalf se había convertido en un estorbo para todos, estaba claro que ya no podría valerse por sí mismo y se procedió a hacer lo que la lógica y la ética dictan en estos casos, encerrar al viejo en un asilo para que no pueda molestar nunca más.

 

Preso, con una docena de colegas de su generación, Gandalf dio rienda suelta a su torrente de imaginación -inducido por su senectud- y se construyó una vida paralela donde él era importante, muy al contrario de lo que sucedía en la vida real, en la que su familia por fin podía ir al zoo los domingos.

 

Así comenzó a decir a las enfermeras que veía enanos, hobbits y orcos (cuando realmente veía a un par de abueletes bajitos y a un rudo y sucio celador). Muy pronto el personal del centro dio al anciano por perdido y le subieron las dosis de la medicación, para que al menos no montase a su compañera de habitación al grito de “¡Arre Sombragrís!”.

 

Una hermosa mañana de primavera, cuando los pajarillos trinaban y los ancianos vomitaban el desayuno, Gandalf robó una bata de celador y una fregona, y con tal esperpéntico atuendo escapó del asilo; comentando a aquel que se cruzaba en su camino que marchaba a ver a un viejo amigo de la comarca. No sabemos a qué comarca se refería, ni jamás lo sabremos, pues lo que sí es conocido es el triste final del viejo que se creía mago. Al pobre loco no se le ocurrió otra cosa que ponerse en medio de la autopista y esperar al encuentro de un camión de dos toneladas que marchaba a 120 gritándole “¡No puedes pasar!”. Se equivocó. El camión pasó. Por encima de su molido cuerpo.

 

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