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Los
niños mimados de Ilúvatar son guapos, inteligentes y nunca
tienen caries. Se les reconoce por sus rasgos afeminados y
porque escuchan a Rufus Wainwright. Les gusta ir a la ópera los
sábados por la tarde y adoran el impresionismo francés, excepto
a Monet, que está prohibido en Rivendel. Bien conocida es su
inteligencia y erudición (salvo por los hobbits, que no conocen
nada ni a nadie).
Se consideran completamente diferentes al
resto de criaturas de la Tierra Media; de hecho, en ocasiones
aluden a su condición de hijos de Ilúvatar para reclamar su
independencia del resto de Arda. No en vano su ADN es muy
diferente al de las demás razas; sus cromosomas bailan
breakdance cuando pasan por el hipotálamo, siendo éste el pilar
de su tesis nacionalista.
Todos hablan el élfico; menos los mudos, que
hablan portugués. Su lengua es una mezcla de sueco con una
matanza de cerdos. Normalmente cuando hablan suena de fondo
música de Enya; algo que desconcierta, especialmente en los
concilios, donde un grupo de cinco elfos puede parecer el Orfeón
Donostiarra.
Los elfos tienen fama por su habilidad con el
arco, la daga y el Rubik. No menos conocido es su aguzado
sentido de la vista. Un elfo puede echarte el ojo a treinta
kilómetros, pero luego tendrás que devolvérselo. Su oído no es
menos agudo, gracias a unas orejas acabadas en punta que captan
todas las emisoras de onda corta y el canal de la policía.
Estas criaturas fabrican un pan sin gluten
muy bueno para sándwiches y bocadillos, que denominan “lembas” o
“pan sin gluten muy bueno para sándwiches y bocadillos”. En
general se les da muy bien la repostería y el bricolaje.
Sus archienemigos son los enanos, con los que
desde la Primera Edad mantienen una disputa territorial por la
Franja de Lorién.
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