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Pocos
dudan que los hombres son las criaturas más repulsivas de toda
la Tierra Media.
Son los causantes de todas las guerras, enfermedades y
hambrunas, y son los principales culpables del agujero de la
capa de ozono.
El
sistema político y social corresponde a un modelo feudal. El
pueblo es un rebaño de olifantes a merced de los caprichos del
monarca, que no es elegido democráticamente. Sólo puedes
reclamar el trono si por tus venas corre sangre real o si eres
Vigo Mortensen.
Como
hemos adelantado, el hombre es beligerante por naturaleza.
Suelen luchar a menudo contra otros hombres para ver quién es el
más guapo o
quién tiene el trono más grande. En otras ocasiones prefieren
conquistar países del tercer mundo, como Mordor, a los que
consideran inferiores e intelectualmente alejados del
pensamiento occidental, mucho más progresista.
En las
horas de ocio los hombres gustan de beber cerveza de importación
(principalmente de La Comarca). Suelen disfrutarla bien fría, en
las tradicionales posadas con karaoke que colman las carreteras
nacionales de la Tierra Media.
Otra de
sus aficiones es el apaleamiento de hobbits, o lo que los
hombres denominaban “fiesta nacional”. Básicamente, el juego
consistía en zumbar con palos a un grupo de estas ratas de pies
peludos, mientras sonaba el himno nacional ejecutado con el
cuerno de Gondor. Este deporte se suspendió por las quejas de
algunos grupos en defensa de los hobbits.
Los
hombres no destacan por ninguna virtud. Cada vez son más infames
en el arte. Apenas saben hablar ni escribir y son proclives a
los modismos y a la jerga callejera. En los deportes suelen
inyectarse lembas en las venas para adulterar la competición.
Son vanidosos, prepotentes y se creen superiores al resto. Son
muy frecuentes los piques entre ellos. Cuando quieren alardear
ante otro ser humano recurren a la genealogía y relatan los
nombes de todos sus antepasados: “Soy hijo de Arathorn, hijo de
Arador, hijo de Argonui, hijo de perra...”
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